Page 13 - Grito hacia Roma
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en la oscuridad. Frente al odio, la indiferencia, el desprecio y el pesimismo, decidió
                                pronunciar la palabra Amor.

                                Pronunciar la palabra Amor supone un compromiso con la convivencia y una medi-
                                tación sobre la necesidad de edificar la palabra Nosotros. Dos personas, una fami-
                                lia, los habitantes de una comunidad se unen y aportan su yo a un espacio común
                                para formar un nosotros o un nosotras. La reunión de los intereses individuales no
                                siempre es fácil porque a veces parece imposible consolidar los vínculos de una
                                identidad o un bien común. Otro poeta, Charles Baudelaire, nos había avisado de
                                que una multitud es un conjunto de soledades. Si faltan los vínculos del amor y la
                                fraternidad, la reunión de personas no crea comunidades.

                                Por eso Federico García Lorca llamó al amor para que las multitudes anónimas de
                                las ciudades se mirasen a los ojos y reconociesen un sentido de pertenencia. Había
                                que recuperar entre todos la fe, había que negarse a la renuncia, había que soste-
                                ner las promesas de futuro propias de la modernidad y había que dialogar con la
                                naturaleza para asegurar que se pudiera cumplir su voluntad. ¿Qué voluntad? Así
                                respondió el poeta al imaginarse un futuro justo, posible y sostenible: «Porque que-
                                remos que se cumpla la voluntad de la Tierra / que da sus frutos para todos». Y su
                                padrenuestro se convirtió en un credo, igual que su grito acabó convertido en una
                                declaración de amor. Cristo volvía a dar agua, a repartir el pan y el vino y a imaginar
                                una tierra que diese sus frutos para todos. Apostó por la vida del mundo futuro, y
                                ahora su ruego cruza con el viento los caminos del aimara, el guaraní, el maya, el
                                mixteco, el mazahua, el náhuatl, el quechua…

                                Cumplamos la voluntad de la tierra. Que así sea.






                                                                                               Luis García Montero
                                                                                               Director del Instituto Cervantes
























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